El día que la dejaron
interna en el colegio, Claudia comprendió que ahí finalizaba su
recién estrenada adolescencia. Y no de la manera que ella hubiese
querido, pero no podía hacer nada. Comprendió también que tenía
que encontrar en aquella brusca realidad desconocida algo bueno, algo
positivo, porque si no iba a ser todo demasiado difícil. Cuando ya
habían llegado todas las futuras internas, sin uniforme aún,
Claudia se fijó en que dos o tres llevaban medias, tacones
discretos, melena corta. Son como yo, menos mal. Miró a su
alrededor: las mayores, las de sexto, las de dieciséis, sólo eran
seis, curiosa coincidencia. Seis mayores en un total de unas ciento
cincuenta internas auguraba la posibilidad de formar un pequeño
grupo influyente. Ojalá se llevaran todas bien. Se concentró en las
otras cinco y desechó a todas las demás, de diferentes edades. En
las mayores estaba su salvación.
Pero a ninguna de ellas
le puso sor Carmen la cabeza bajo el grifo para alisarle la
permanente a tirones. Ese espectáculo, por otra parte, le granjeó
alguna simpatía adobada de lástima. Colocaron a las seis mayores
juntas en el ala derecha del piso de dormitorios, separadas por
cortinas. Enfrente dormían las pequeñajas, porque según las monjas
así las mayores podrían cuidar de ellas. Lo hicieron, pues rara era
la noche en que alguna, o varias, de aquellas pobres crías (cuatro o
cinco años, para su consternación) no lloraban desconsoladas
llamando a su madre. Sobre todo al principio. A Claudia se le rompía
el corazón, recordando a sus hasta entonces olvidados hermanos
pequeños. No entendía a los padres que dejaban a niñas tan niñas
encerradas en un colegio.
Porque esa era la idea
dominante, la del encierro, noción absolutamente desconocida para
ella hasta entonces. Pasaba largos ratos mirando por la ventana y
pronto le colocaron los sambenitos de ensimismada, despistada,
soñadora. O perezosa, lo peor que se podía ser en aquél tipo de
colegio. Siempre había alguien detrás preguntando ¿qué hace
usted? ¿qué está usted haciendo ahora? Claudia aprendió
asimismo otra técnica nueva, la simulación. El hacer que haces. El
fingir. Y a partir de entonces se le dio muy bien. También aprendió
a diferenciar las horas del día por sus obligaciones. A la familia
se le escribía los sábados después del desayuno, a las amigas u
otra gente sólo los primeros viernes de cada mes. Y en ningún otro
momento, pasase lo que pasase. Los sábados tocaba aseo. Aquellas
duchas con camisón y con la puerta abierta, para que sor Emilia, que
paseaba por fuera, viese que lo tenías puesto mientras te
enjabonabas. Qué arte inimaginable tenía Pilar, la mayor de todas
(diecisiete) para entornar la puerta, y ducharse sin camisón antes
de que llegara la monja. Nunca le dijeron nada.
A Claudia las clases le
resultaron más o menos agradables, sobre todo el francés que, por
suerte para ella, era de lo más importante en el colegio. A los
pocos días de comenzar el curso, con gran alborozo de las mayores,
llegaron dos señoritas, Concha y María, rubia y morena, para
impartir matemáticas y lengua. Dieron un toque urbano y colorido al
internado. Como los fines de semana las dos salían un rato al
pueblo, Claudia y sus amigas les hacían encargos, incluso les daban
dinero para que llamasen a sus padres de su parte, si no habían
recibido la esperada visita del último fin de semana.
A mediados de curso,
Claudia parecía casi integrada, todas las monjas lo comentaron. Pero
por dentro sufría. No entendía la férrea disciplina, ni los paseos
al monte, que por otra parte eran lo mejor. Tener que jugar a
voleibol en silencio absoluto. Lo tontas que le parecían las de doce
y trece años. La pena que le seguían dando las pequeñas. Sobre
todo no entendía que lo que había hecho ella el pasado año fuera
merecedor del enorme castigo de traerla a este encierro. Para ella,
entre la falta cometida y el castigo recibido no existía proporción
alguna. Y empezó a crecer en su interior una furiosa rebeldía que
no se tomó ni un minuto en analizar.
Le fastidiaba la misa
diaria y empezó a fingir desmayos para que la llevaran a la
enfermería, donde una vieja sor muy cariñosa le daba agua del
Carmen en terrones de azúcar y sobre todo, mucha conversación.
Nadie dudó nunca de que sus desmayos fueran fingidos, lo que le dio
muchos ánimos para su anhelada y futura profesión de actriz. Si
convencía a su padre.
En cuanto amainó aquél
frío cortante y dejaron de aparecer por la mañana las gotas de los
grifos convertidas en estalactitas de hielo, Claudia tomó la
costumbre de escaparse sigilosa al dormitorio de Pilar, nada más oir
los inconfundibles ronquidos de la monja que dormía al fondo. Pilar,
por su estatus de alumna de más edad, tenía la suerte de dormir en
una habitación para ella sola. Era muy maja y la dejaba estar allí,
parapetada en la ventana. Además le había contado lo de los mozos
del pueblo, que acudían por las noches con una guitarra. Por fortuna
las monjas dormían al otro lado del edificio, y no se enteraron de
las pequeñas serenatas nocturnas que empezaron a celebrarse. Pilar y
Claudia aprendieron enseguida a hablar con los chicos dibujando
letras mayúsculas en el aire. Más tarde se enviaban papelitos por
medio, una vez más, de la señorita María y la señorita Concha, en
sus salidas de las tardes.
Comenzó a expandirse por
el colegio el rumor que Claudia era la novia de Pepe, el de la
guitarra. De hecho, ya ninguno de los otros chicos se dirigía
directamente a ella. Si ella les decía algo, primero miraban a Pepe,
que la mayor parte de las veces los fulminaba y contestaba él mismo.
Claudia se sentía
omnipotente, dueña del mundo. Ya casi le molestaba que apareciera la
familia el día de visita, y siempre les convencía para que se
fueran temprano. O para que no salieran a otro pueblo a comer y se
quedarán allí, en la fonda. La fonda del pueblo era de los padres
de Pepe, que desde la caja registradora miraba todo colorado al
infinito.
Avanzada la primavera,
uno de los días de visita, Claudia percibió a su padre más
calmado, otra vez con su faceta bondadosa y comprensiva. Como ese
aspecto del carácter paterno lo manejaba bien, ideó un plan. Se
quejó varias veces de dolor de muelas en el refectorio, y en la
siguiente visita le explicó a su padre que tenía caries de nuevo.
Que por favor pidiera hora al dentista. El martes la madre jefa de
estudios la llamó a su cuarto y le dijo que, según había
comunicado su padre, debía ir a Zaragoza en el tren del jueves,
porque al día siguiente tenía cita con el dentista; menos mal que
se solucionarían sus dolores. Pero que estaba preocupada porque ese
día, jueves, no la podría acompañar nadie del colegio, todos
viajaban en viernes. Claudia, con su mejor mirada de buena, convenció
a la madre de que no pasaba nada, de que ella había viajado
muchísimas veces sola, que se pondría al lado del policía que hay
en los trenes, y que en la Estación del Portillo seguro que había
alguien de la familia para recogerla.
Esa noche en la ventana
de Pilar las mayúsculas volaban más que nunca entre Claudia y Pepe,
intercaladas con los números del horario de los trenes. Claudia pasó
los días que quedaban haciendo gala de un comportamiento modélico,
estudiosa, encantadora, cooperativa. En voleibol estuvo muda por
completo. Y el jueves por la tarde, acompañada por la señorita
Concha, la rubia, que tenía que dejarla montada en el tren y en
manos del policía, según las pesadas indicaciones de la madre
superiora, Claudia atravesó el portón del colegio, con un maletín
y un neceser de los que nadie sospechó, y el estómago repleto
de pájaros.
Al llegar a la estación simuló no darse cuenta de que, sentado en el único banco
bajo el reloj, estaba Pepe, sorprendentemente ataviado con chaqueta y
una corbata que parecía apretarle un poco. Ni se miraron en los
veinte minutos de espera del tren. Claudia estuvo preguntando a la
señorita sobre lo que tenían que estudiar de lengua para el examen
final. Subió al tren, con la tarjeta de la madre superiora para el
policía en la mano y un alegre “Hasta el lunes, seño. Espero que
no me haga mucho daño el dentista”.
Y nunca se volvió a
saber de ella. Ni en el colegio, ni en su casa, ni en ningún otro
sitio. La pobre señorita Concha juró y perjuró que la había
dejado sentada en el vagón, saludando a través del cristal de la
ventanilla. Lo curioso es que el policía asignado al tren, varias
veces interrogado, no recordó nunca haber visto en ese viaje a
Zaragoza una jovencita de uniforme, y mucho menos que viajara sola.
“Como comprenderá usted, me hubiera saltado a la vista”.
(Foto de Google Imágenes)