martes, 29 de mayo de 2012

Los títulos cursis



Éramos cinco hermanos y mi padre se compró un seiscientos color crema. Acababa de sacarse el carnet y no se atrevió con un coche grande. Hizo bien. Yo no he querido conducir porque soy igual que él, por lo menos en cuanto al tremendo despiste. Los sustos a bordo de aquella miniatura cremosa fueron muchos, atesoramos anécdotas inenarrables. Como el día en que no vio a tiempo un rebaño que cruzaba -¡un rebaño!-, y el frenazo lo produjo una oveja muerta bajo nuestras ruedas. Y el pastor asestando garrotazos al capó del seiscientos con toda su alma. En fin.
Cuando en verano subíamos al Balneario de Panticosa, mi padre nos llevaba en coche a los mayores y a las maletas. Yo, en el asiento del copiloto, lo pasaba fatal. Primero porque odiaba la conducción titubeante de mi padre, y luego porque me sentía aplastada por las montañas majestuosas que se iban alzando a ambos lados de la carretera hasta cerrar el horizonte ante nuestros ojos. Se me encogía el corazón y me mareaba. Estado que solía durar todo el verano. Mi mejor día era el de la vuelta a Zaragoza, y mi mejor momento al llegar a Biescas, bajando hacia el valle, donde aparecía de nuevo el horizonte. Decidí escribir una novela llamada “Donde el valle se abre”. Quise inmortalizar esa sensación perfecta. Nunca he vuelto a tener un título tan claro. Es más, ahora los títulos son un problema.
Guardaba sin estrenar un cuaderno de raya doble, con esquinas redondeadas y tapas blandas de color azul. Lo decoré con mis habituales dibujos y letras adornadas, y comencé a escribir. La novela trataba sobre una chica ávida de horizonte. Pero, a las seis o siete páginas, me empeñé en introducir una muerte. La muerte de la madre, claro, lo que quizá fue demasiado ambicioso para mis doce años. Me bloqueé. Todos los días intentaba escribir, pero por fin guardé el cuaderno en un cajón. Aunque durante mucho tiempo sostuve que un día acabaría la novela y me haría famosa.
Mientras tanto, mis primos mayores comenzaban a tener novia y las nuevas parejas a mi alrededor me fascinaban. De nuevo necesité escribir. Esta vez una historia de amor, llamada “Petite”. Cursi y afrancesada, pero yo era así entonces. Cursi, afrancesada y tituladora oficial de todo lo que consideraba oportuno.. Elegí otro cuaderno, de hule negro, que me pareció más de mayor. Pero el tema amoroso me aburrió enseguida. Y no me atreví a darle un giro más real, menos edulcorado; escarmentada por el fracaso anterior, quería escribir cosas bonitas. O era lo que necesitaba escribir. Este segundo proyecto no lo guardé, lo escondí. Me moría de vergüenza si lo leía alguien, con tantos abrazos y tantos besos. En casa éramos más bien serios.
Recuerdo tardes interminables, de los doce a los quince años, sola en mi habitación, sentada ante la mesa de estudio. Los dos cuadernos ante mí y el bolígrafo en la mano. Pensando, frustrada, que no servía para esto. A pesar de los sobresalientes en redacción que me ponían las monjas. Escribir en el colegio era fácil: la amistad, la virgen, los padres. Pero si no me daban el tema, no se me ocurría nada. Creo que eso se llama negro, me martirizaba yo misma.
Años más tarde, en un momento duro, bajé del trastero la única maleta que quedaba, una maleta vieja. Al abrirla sobre la cama asomaron los cuadernos por un bolsillo interior. Los leí, pero no reconocí mis primeros escritos. No supe captar la sensación del horizonte que se abre dentro del pecho, el descubrimiento del amor a los doce años. La que yo era en ese momento rompió aquellos cuadernos en mil pedazos. Llenó la maleta de cualquier cosa y cerró la puerta sin volver la cabeza.
Y transcurrieron treinta o cuarenta años sin escribir.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Cambio perpetuo




Y por qué dices que estás cambiando.
Estoy distinta por dentro. No quiero hablar, no quiero pensar, no me interesa casi nada de lo que ocurre. No me siento involucrada, como antes, en nada. Tengo muy presente la muerte, mi muerte. Pero creo que no estoy triste, no me despersonalizo tanto. Simplemente estoy distinta.
A lo mejor es que pasas mucho tiempo sola y le das demasiado a la cabeza.
Es posible. También puede ser el proceso de hacerse mayor, por no decir vieja. Yo creía que ya lo había pasado, pero por lo visto no termina nunca. Cada día advierto en mí un signo de vejez, como los que le iba descubriendo a mi padre. Manchas, arrugas, ojos sin brillo, párpados caídos. En fin, es difícil aceptarlo, pero como dicen ahora no queda otra.
Oye, y si te subieras la dosis de Prozac. Solo tomas uno al día...
No me da la gana. He asumido que necesito esa cápsula diaria para sobrevivir normalmente en este barullo. Pero más no. Basta de medicación. Quiero hacer un experimento conmigo misma. Dejarme vivir, observarme. Quiero ver hasta donde llega esto que percibo como cambio. Sólo quiero estar y mirar. Es una sensación nueva.
Yo creo que no deberías
Nada de deberías. Nada de deber. Odio esa palabra, ese concepto. Es el origen de todo lo malo. Hay que hacer solo lo que nos salga de dentro.
Y a tí qué te sale de dentro ahora
Ni idea. Tendría que pensarlo. Creo que nada me interesa lo suficiente. Tengo una persona vaga y pesada dentro de mí que me disuade de cualquier idea de acción.
Bueno, digas lo que quieras, esto es otra vez la depresión
Ni hablar.
Mujer, no te pongas así, aunque sólo sea la primavera, que es una estación proclive a estas patologías
Que no. Sé de memoria como empieza la depresión, y no es esto. Es un cambio, ya te lo he dicho. Lo único que hay que tener es paciencia.
Tú crees
Sí, yo creo. Y ahora me voy, si llego a saber que me ibas a decir esto. No sé para qué he venido.

La puerta de la consulta se cierra de golpe. Sentado aún tras la mesa negra, el terapeuta cierra los ojos y se sujeta la cabeza con las manos, los codos apoyados en el cristal. Un silencio azulado se apodera de la habitación repleta de libros y diplomas. Por el balcón entreabierto se cuelan de pronto un chirriante frenazo y un golpe seco. El terapeuta se sobresalta y corre hacia el balcón. Abajo, en la calle, dos coches han chocado con violencia. El consabido grupo de gente nerviosa rodea un cuerpo tirado en medio de la calzada. Incluso cree ver manchas de sangre en el asfalto.
Con el estómago descompuesto se dispone a bajar corriendo a la calle, y entonces la ve. De pie en la acera de enfrente, con una gran sonrisa y las gafas de sol puestas. Mueve la cabeza, se coloca las gafas en el pelo, levanta los ojos hacia su balcón y agita la mano en un alegre saludo.

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Imagen: Kathleen Lolley, little podlings (en Google imágenes).

miércoles, 16 de mayo de 2012

Buena vecindad



Aquella tarde nos acercamos a casa de Boughton a devolverle la revista. Mi padre era muy estricto, siempre devolvía las cosas a tiempo y en persona. Como la revista se la prestaron para mí (es de mecánica, a Jimmy le servirá), tuve que acompañarle para dar las gracias. No me importó. De todos nuestros vecinos, el señor Boughton era el que mejor que caía. No se metía para nada en lo que hacíamos su hijo Ben y yo cuando nos juntábamos en su granero. Qué íbamos a hacer, charlar y jugar a las canicas. Pero mi padre hubiera estado dando voces alrededor cada cinco minutos. La señora Boughton tenía una mirada demasiado triste. Intenté que se hiciera amiga de mi madre, y por mamá no había problema, pero la señora Boughton se hacía la escurridiza. Era como una sombra, que casi nunca estaba. No te empeñes, Jimmy, me decía mi madre, ella sabe que yo estoy aquí. Y luego Laura, la hermana de Ben. Esa sí que era estupenda. Iba a cumplir diecisiete años, pero no nos despreciaba a Ben y a mí como todos los de esa edad. Nos dejaba sus libros de Zane Grey, nos recomendaba películas que estrenaban en el cine del pueblo. A veces se quedaba con nosotros en el granero a contar chistes; sabía muchísimos para ser una chica.
Lo malo es que esta camaradería desapareció tras las vacaciones de verano. A mi regreso de casa de los abuelos, encontré a Ben altísimo y a Laura, diferente. Los chicos del pueblo empezaron a mosconear a su alrededor. Ella se ponía colorada y Ben de un genio de mil demonios. Total, que lo pagaba yo. Pero ya estaba acostumbrado, con mis hermanos mayores y eso. Hablando de mis hermanos, el que más perseguía a Laura era Will, el segundo. El rubio simpático, ojito derecho de mi padre porque se las arreglaba para darle la razón en todo sin que pareciese coba.
Durante el curso me acostumbré a charlar con el señor Boughton. Cuando volvía de la escuela por la tarde me lo encontraba sentado bajo el roble grande con su pipa. Me saludaba y, claro, yo me paraba un rato. Ben casi nunca venía a esa hora porque tenía recuperaciones, sus notas habían bajado mucho. Mejor, porque no le gustaba que yo hablara con su padre. Hasta tuve que jurar que no decíamos nada de él. Era verdad, yo no hubiera hecho eso por nada del mundo. El señor Boughton y yo hablábamos de cosas que no se pueden tocar: el cielo, las amanecidas, cómo era el país antes, lo que enseñaban en la escuela. Estaba bien hablar con él. Un día se empeñó en que yo sería un excelente mecánico porque le conté que me había arreglado yo solo la bicicleta vieja de mis hermanos. Mi padre, por ejemplo, lo consideró normal, lo que tenía que hacer, y ni miró la bici. Pero el señor Boughton, a partir de entonces, se dedicó a darme consejos y lecciones de mecánica. En su juventud había sido mecánico en la ciudad, hasta que tuvo que volver al pueblo, a la muerte de su padre, para hacerse cargo de la granja y los campos. Pienso que se suscribió a Popular Mechanics sólo para poder prestármela todos los meses, con sus anotaciones. Mi padre no decía nada, le debía importar un bledo lo que yo fuese a ser en el futuro. El ya estaba tranquilo porque sus dos hijos mayores querían quedarse en el campo. Pero mi madre, por las noches, después de cenar, me buscaba: ¿Tú no ibas a ser escritor? ¿a qué viene ahora la mecánica? Yo procuraba nadar tranquilo entre todas aquellas aguas.
Un día mi madre se presentó a la salida de la escuela. Tenía una mirada rara, parecida a la de la señora Boughton. Me cogió del brazo: ¿tú sabes algo de Will? Yo ya no me fijaba en mis hermanos, casi ni los miraba. Ni ellos a mí. Muy seria, me contó que Will no había ido al campo, ni había aparecido por casa en todo el día, y que mi padre estaba fuera de sí. No sé por qué, dije: Madre, y Laura ¿está en su casa?. Su mirada se oscureció aún más. Echó a andar a toda prisa hacia la casa de nuestros vecinos, conmigo detrás sin saber muy bien qué hacer. Al llegar al roble grande, el señor Boughton, acuclillado como siempre en su observatorio favorito, se incorporó lentamente. Observaba a mi madre con otra mirada extraña; qué les pasaría a todos en los ojos. Ella le soltó a bocajarro, como un graznido ¿dónde están?. Él hizo ademán de ponerle una mano en el hombro, pero la retiró. Mi madre se deslizó hasta el suelo apoyada en el roble. Olvidados los dos de mí, el señor Boughton se sentó junto a ella, con los hombros rozándose y la mirada perdida en el horizonte. En ese momento ambos se parecían.

Will y Laura ya tienen tres niños. Mi amigo Ben, sin acabar el instituto, optó por la marina y hace siglos que no sé nada de él. La señora Boughton murió el invierno pasado tan silenciosa como había vivido. Años antes, una desgraciada mañana, mi padre, que se había ido volviendo cada vez más hermético, se accidentó con el tractor. Quedó inválido, con un genio terrible, y al final, en un gran enfado, se lo llevó un ataque al corazón.
Mis hermanos mayores se ocupan de nuestros campos y de la granja de los vecinos.
Un día Will colocó bajo el roble grande un viejo banco de madera, pintado de verde. Mi madre y el señor Boughton se sientan allí todos los atardeceres del buen tiempo. Ambos con los ojos clavados en el mismo punto lejano. A veces con los nietos alrededor.
Yo no soy mecánico. Aquellos aprendizajes con Popular Mechanics me posibilitaron pequeños trabajo que pagaron mis estudios de literatura. Y, mientras doy clases en la escuela del pueblo, estoy intentando con todas mis fuerzas ser escritor.


N.de la A. Primera frase tomada de: Marylinne Robinson, Gilead, Galaxia Gutenberg (s.a.), p. 160.
Fotografía de Google Imágenes.

martes, 8 de mayo de 2012

Mayúsculas en el aire



El día que la dejaron interna en el colegio, Claudia comprendió que ahí finalizaba su recién estrenada adolescencia. Y no de la manera que ella hubiese querido, pero no podía hacer nada. Comprendió también que tenía que encontrar en aquella brusca realidad desconocida algo bueno, algo positivo, porque si no iba a ser todo demasiado difícil. Cuando ya habían llegado todas las futuras internas, sin uniforme aún, Claudia se fijó en que dos o tres llevaban medias, tacones discretos, melena corta. Son como yo, menos mal. Miró a su alrededor: las mayores, las de sexto, las de dieciséis, sólo eran seis, curiosa coincidencia. Seis mayores en un total de unas ciento cincuenta internas auguraba la posibilidad de formar un pequeño grupo influyente. Ojalá se llevaran todas bien. Se concentró en las otras cinco y desechó a todas las demás, de diferentes edades. En las mayores estaba su salvación.
Pero a ninguna de ellas le puso sor Carmen la cabeza bajo el grifo para alisarle la permanente a tirones. Ese espectáculo, por otra parte, le granjeó alguna simpatía adobada de lástima. Colocaron a las seis mayores juntas en el ala derecha del piso de dormitorios, separadas por cortinas. Enfrente dormían las pequeñajas, porque según las monjas así las mayores podrían cuidar de ellas. Lo hicieron, pues rara era la noche en que alguna, o varias, de aquellas pobres crías (cuatro o cinco años, para su consternación) no lloraban desconsoladas llamando a su madre. Sobre todo al principio. A Claudia se le rompía el corazón, recordando a sus hasta entonces olvidados hermanos pequeños. No entendía a los padres que dejaban a niñas tan niñas encerradas en un colegio.
Porque esa era la idea dominante, la del encierro, noción absolutamente desconocida para ella hasta entonces. Pasaba largos ratos mirando por la ventana y pronto le colocaron los sambenitos de ensimismada, despistada, soñadora. O perezosa, lo peor que se podía ser en aquél tipo de colegio. Siempre había alguien detrás preguntando ¿qué hace usted? ¿qué está usted haciendo ahora? Claudia aprendió asimismo otra técnica nueva, la simulación. El hacer que haces. El fingir. Y a partir de entonces se le dio muy bien. También aprendió a diferenciar las horas del día por sus obligaciones. A la familia se le escribía los sábados después del desayuno, a las amigas u otra gente sólo los primeros viernes de cada mes. Y en ningún otro momento, pasase lo que pasase. Los sábados tocaba aseo. Aquellas duchas con camisón y con la puerta abierta, para que sor Emilia, que paseaba por fuera, viese que lo tenías puesto mientras te enjabonabas. Qué arte inimaginable tenía Pilar, la mayor de todas (diecisiete) para entornar la puerta, y ducharse sin camisón antes de que llegara la monja. Nunca le dijeron nada.
A Claudia las clases le resultaron más o menos agradables, sobre todo el francés que, por suerte para ella, era de lo más importante en el colegio. A los pocos días de comenzar el curso, con gran alborozo de las mayores, llegaron dos señoritas, Concha y María, rubia y morena, para impartir matemáticas y lengua. Dieron un toque urbano y colorido al internado. Como los fines de semana las dos salían un rato al pueblo, Claudia y sus amigas les hacían encargos, incluso les daban dinero para que llamasen a sus padres de su parte, si no habían recibido la esperada visita del último fin de semana.
A mediados de curso, Claudia parecía casi integrada, todas las monjas lo comentaron. Pero por dentro sufría. No entendía la férrea disciplina, ni los paseos al monte, que por otra parte eran lo mejor. Tener que jugar a voleibol en silencio absoluto. Lo tontas que le parecían las de doce y trece años. La pena que le seguían dando las pequeñas. Sobre todo no entendía que lo que había hecho ella el pasado año fuera merecedor del enorme castigo de traerla a este encierro. Para ella, entre la falta cometida y el castigo recibido no existía proporción alguna. Y empezó a crecer en su interior una furiosa rebeldía que no se tomó ni un minuto en analizar.
Le fastidiaba la misa diaria y empezó a fingir desmayos para que la llevaran a la enfermería, donde una vieja sor muy cariñosa le daba agua del Carmen en terrones de azúcar y sobre todo, mucha conversación. Nadie dudó nunca de que sus desmayos fueran fingidos, lo que le dio muchos ánimos para su anhelada y futura profesión de actriz. Si convencía a su padre.
En cuanto amainó aquél frío cortante y dejaron de aparecer por la mañana las gotas de los grifos convertidas en estalactitas de hielo, Claudia tomó la costumbre de escaparse sigilosa al dormitorio de Pilar, nada más oir los inconfundibles ronquidos de la monja que dormía al fondo. Pilar, por su estatus de alumna de más edad, tenía la suerte de dormir en una habitación para ella sola. Era muy maja y la dejaba estar allí, parapetada en la ventana. Además le había contado lo de los mozos del pueblo, que acudían por las noches con una guitarra. Por fortuna las monjas dormían al otro lado del edificio, y no se enteraron de las pequeñas serenatas nocturnas que empezaron a celebrarse. Pilar y Claudia aprendieron enseguida a hablar con los chicos dibujando letras mayúsculas en el aire. Más tarde se enviaban papelitos por medio, una vez más, de la señorita María y la señorita Concha, en sus salidas de las tardes.
Comenzó a expandirse por el colegio el rumor que Claudia era la novia de Pepe, el de la guitarra. De hecho, ya ninguno de los otros chicos se dirigía directamente a ella. Si ella les decía algo, primero miraban a Pepe, que la mayor parte de las veces los fulminaba y contestaba él mismo.
Claudia se sentía omnipotente, dueña del mundo. Ya casi le molestaba que apareciera la familia el día de visita, y siempre les convencía para que se fueran temprano. O para que no salieran a otro pueblo a comer y se quedarán allí, en la fonda. La fonda del pueblo era de los padres de Pepe, que desde la caja registradora miraba todo colorado al infinito.
Avanzada la primavera, uno de los días de visita, Claudia percibió a su padre más calmado, otra vez con su faceta bondadosa y comprensiva. Como ese aspecto del carácter paterno lo manejaba bien, ideó un plan. Se quejó varias veces de dolor de muelas en el refectorio, y en la siguiente visita le explicó a su padre que tenía caries de nuevo. Que por favor pidiera hora al dentista. El martes la madre jefa de estudios la llamó a su cuarto y le dijo que, según había comunicado su padre, debía ir a Zaragoza en el tren del jueves, porque al día siguiente tenía cita con el dentista; menos mal que se solucionarían sus dolores. Pero que estaba preocupada porque ese día, jueves, no la podría acompañar nadie del colegio, todos viajaban en viernes. Claudia, con su mejor mirada de buena, convenció a la madre de que no pasaba nada, de que ella había viajado muchísimas veces sola, que se pondría al lado del policía que hay en los trenes, y que en la Estación del Portillo seguro que había alguien de la familia para recogerla.
Esa noche en la ventana de Pilar las mayúsculas volaban más que nunca entre Claudia y Pepe, intercaladas con los números del horario de los trenes. Claudia pasó los días que quedaban haciendo gala de un comportamiento modélico, estudiosa, encantadora, cooperativa. En voleibol estuvo muda por completo. Y el jueves por la tarde, acompañada por la señorita Concha, la rubia, que tenía que dejarla montada en el tren y en manos del policía, según las pesadas indicaciones de la madre superiora, Claudia atravesó el portón del colegio, con un maletín y un neceser de los que nadie sospechó, y el estómago repleto de pájaros.
Al llegar a la estación simuló no darse cuenta de que, sentado en el único banco bajo el reloj, estaba Pepe, sorprendentemente ataviado con chaqueta y una corbata que parecía apretarle un poco. Ni se miraron en los veinte minutos de espera del tren. Claudia estuvo preguntando a la señorita sobre lo que tenían que estudiar de lengua para el examen final. Subió al tren, con la tarjeta de la madre superiora para el policía en la mano y un alegre “Hasta el lunes, seño. Espero que no me haga mucho daño el dentista”.
Y nunca se volvió a saber de ella. Ni en el colegio, ni en su casa, ni en ningún otro sitio. La pobre señorita Concha juró y perjuró que la había dejado sentada en el vagón, saludando a través del cristal de la ventanilla. Lo curioso es que el policía asignado al tren, varias veces interrogado, no recordó nunca haber visto en ese viaje a Zaragoza una jovencita de uniforme, y mucho menos que viajara sola. “Como comprenderá usted, me hubiera saltado a la vista”.

(Foto de Google Imágenes)