viernes, 19 de agosto de 2011

MIRANDA SIN TECHO (III)


La segunda visita de la tarde, la más importante para Miranda, es al sanatorio a ver al Peque. Con un nudo en la garganta recuerda aquél día en que le prohibieron entrar. Fue la primera vez que apareció con su atuendo de mendiga, empujando el carrito. Hacía años que no gritaba, pero ese día gritó, lloró y dijo lo que no quería decir. Por suerte, un enfermero se apiadó de ella y, señalando la verja, le musitó al oído: --Yo cuido al chico en el jardín por las tardes. Le dejaré que se acerque. Espere usted ahí. Eso sí, si no llueve ni hace malo.
Y desde entonces se ven a través de la verja. Cuando el Peque está de buenas, entralazan sus dedos por los barrotes, charlan y ríen. Si está tristón, apenas alza los ojos mientras juega con los botones de su bata. Entonces Miranda lleva toda la conversación. Pero no le importa. No dejará de ir a ver al Peque ni un solo día de su vida. Aunque se tenga que quedar a la puerta del sanatorio horas enteras, días enteros.
Observando al Peque, su mirada extraviada, su boca entreabierta con un hilillo de saliva, Miranda ve a aquél niño que fue. Tan listo, tan alegre, tan reidor. Aquel maravilloso niño. Que desapareció, que se transformó de un día para otro desde la maldita noche en que se quedó solo con su padrastro. La maldita noche en que ella tuvo que irse al pueblo. La maldita noche en que empezó la desgracia.
Pero la alegría es que el Peque la conoce, la reconoce. Abre su boca en una enorme sonrisa y balbucea Minana Minana como una letanía. Sabe que él no advierte su carrito ni sus harapos. Que también la ve como siempre la vió. Como su Miranda. Segura, fuerte y alegre. Llenando el vacío de su madre.
El Peque no necesita regalos. Desde que Miranda encontró su peonza de colores en la casona abandonada, y se la llevó al sanatorio, él no necesita nada. Tiene su tesoro, siempre en el bolsillo de la bata, y no se fija en nada más. En el sanatorio hay juegos, libros, tebeos, pero con nada se distrae. El enfermero cómplice, a veces mueve la cabeza:
--Ya con esta edad, podría mirar la tele, o alguna revista. Pero lo cierto es que es un crío pequeño, un niñito.
Y el Peque levanta sus ojos hacia Miranda, le pasa un dedo por la cara a través de los barrotes y abre de nuevo su gran boca: Minana Minana
Al sonar el largo timbrazo que anuncia el fin de las visitas, se agarra de la mano del enfermero y mansamente se encamina hacia la puerta del sanatorio. Ella sigue de pie tras la verja, una mano en los barrotes, otra en su carrito, hasta que el jardín queda desierto. A veces incluso hasta que anochece, con la mirada perdida en aquellos tiempos.

1 comentarios:

  1. ¡¡que triste!!

    tiene que ser de lo más horrible ver a un hijo así... por eso Miranda se echó a la calle.

    por eso digo yo que cualquiera podemos acabar como Miranda o como Mateo, no sabemos lo que nos depara la vida y como lo vamos a soportar en caso de que sea malo muy malo.

    Te felicito por el relato. De corazón. Lo has contado muy bien, sin caer en el sentimentalismo blandengue.

    Es triste muy triste pero llega al corazón sin hacer ruido.

    biquiños,
    Aldabra

    p.d.: se me asoman las lágrimas a los ojos.

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