Me apunté al viaje organizado a Escocia como último recurso. Estaba sola, me habían fallado planes mejores, no conocía el país. Pero, leyendo el folleto, ante el consabido reclamo turístico del monstruo del lago Ness, sonreí. Esto no, pensé. No porque no me gusten los monstruos. Sobre todo por mantener la imagen que tanto me ha costado construir. De mujer seria, civilizada, contraria a los otros mundos.
Qué risa. ¿Contraria a los otros mundos, yo? Desde que puedo recordar, veía a la gente desdoblada en tres: la persona que tenía ante mí, la niña que había sido, la anciana que sería. No era una visión voluntaria, ni podía provocarse. Ocurría de improviso. Con un vecino de asiento en el autobús. Con una pareja por la calle. O con mi prima Pilar, cuya anciana lucía una larga trenza blanca que me encantaba. Aunque en alguna ocasión el anciano o anciana no estaban. Yo entonces pensaba tranquilamente: esta persona no tiene futuro.
De pequeña no hablé nunca de ello. Estaba convencida de que le pasaba a todo el mundo. Que todos nos veíamos así. Niño, adulto y anciano. Pero en la adolescencia, claro, se me escapó algún comentario. Y ante las caras de asombro, por no decir de pánico, de mi entorno, no volví a mencionar mis visiones “tridimensionales”. Decidí guardarlas en el cajón secreto.
Pero algunos de los que “no tenían futuro” comenzaron a morir. Al principio no era gente demasiado importante para mí, y no pensé que hubiera una relación. Incluso lo acepté con cierta normalidad: yo ya lo había visto. Me aterroricé cuando ocurrió con alguien de mi familia, con dos amigos. Me sentí dominada por una suerte de poder siniestro. Y me empeñé en matar aquel poder dentro de mí. Hice un esfuerzo sobrehumano. Durante mucho tiempo fue imposible centrarme en otra cosa. Fracasaba en los estudios, era incapaz de mantener una conversación de cinco minutos. Cuando mi familia ya no sabía qué hacer conmigo, lo conseguí. Conseguí ver sólo a las personas que tenía delante, que podía tocar. Ni niños, ni viejos a
su lado. Nunca más. O eso creí.
Durante el viaje a Escocia, todo
transcurre más o menos bien, salvo la previsible lluvia. Por suerte,
los compañeros de viaje son bastante normales. Si me ven callada, no
insisten en conversar. Lo que ya es mucho. Incluso he conectado con
una mujer de pelo recogido y expresión serena, que lee tanto como
yo. Diana. Procuramos sentarnos juntas en la comida. En el autobús,
con nuestros libros. Cruzamos sonrientes miradas.
Hoy ha surgido lo del monstruo del lago Ness. He intentado zafarme de
la dichosa excursión, pero Diana ha dicho “vamos”. Y mansamente
la he seguido. Pensando irónica “mira que si lo vemos”. Pero sin dejar de sentir una leve punzada en el estómago.
Me encanta el hombre que espera la aparición del monstruo.
Convencido de su existencia. Viviendo en un trailer aparcado junto al
lago. El pobre está harto de ser parte del morbo de la visita, pero
lo lleva bien. Diana y yo nos acercamos a él. Incluso nos ofrece té
en vasos de plástico. Nos sentamos los tres con placidez en la
orilla.
Mientras ellos charlan,
me percato de que la idea “monstruo” no me resulta extraña ni
lejana. Estoy dispuesta a aceptar todo tipo de monstruos, visibles e
invisibles. De alguna manera siempre han estado ahí.
Quiero imaginarlo. Al monstruo del lago. Cómo será, cómo me
gustaría verlo si de repente apareciese. No como una serpiente,
nunca una serpiente. ¿Un gran dragón, verde y terrorífico, con
llamaradas en las fauces? Puede.
Dejo mi mirada perdida, errática.
De la superficie emerge una sirena. Una sirena gigante, de larga cola
plateada que agita el lago. Y dos cabezas. Una de niña, rizos
rubios, gesto asustado. Otra de mujer adulta, con una abundante
maraña de cabello entremezclada de algas, diminutos peces, algún
guijarro. Ojos insondables como las aguas. Amenazadores o suaves en
un segundo. Boca cerrada en un gesto milenario. Junto al seno
izquierdo una gran herida, como un agujero vacío. Alarga hacia mí
un brazo. En la mano sostiene un corazón. Un corazón que veo latir.
Diana y el hombre han desaparecido. Me rodea el silencio y una
intensa niebla.
Solas
la enorme sirena de dos cabezas y yo, muda, inmóvil. Que no me mire.
Pero no puedo apartar la vista de ella. Percibo en los míos los ojos
claros de la niña. Me inspira cierta ternura. Ambas intentamos una
sonrisa. Entonces la cabeza de mujer se agita para atraer mi
atención. Me ofrece de nuevo su palpitante mano. Yo no siento mi
cuerpo, no puedo moverme. Entonces ella, con rapidez, introduce el
corazón en el agujero del pecho. Gira su rostro a la niña, que de
inmediato la mira con devoción. Sin reparar en mí, se sumergen las
dos en el lago, ahora sin oleaje alguno. Como si yo no estuviese.
Diana
me llama desde lejos. Alguien me zarandea. Siento golpes en la cara.
Creo que vuelvo a mi ser. Recupero la visión normal y miro a mi
alrededor. Todo está igual que antes. El quieto lago, Diana, el
hombre de la furgoneta, los bulliciosos compañeros de viaje. Nada
más.
Ya
recuperada, mientras caminamos hacia el autobús, en un impulso
murmuro: “El monstruo del Lago Ness no tiene futuro”. Me abruman
las carcajadas y las miradas que quieren ser cómplices. Ya no he
vuelto a mencionarlo.
Pero
sé que hubiera debido aceptar ese corazón.
Una historia fabulosa :)
ResponderSuprimirSaludos
Muy bueno, Luisa... especialmente ese momento Indiana Jones de el puño en el pecho...
ResponderSuprimirBesicos
¡claro que hubieras tenido que aceptar ese corazón!, sin dudarlo... pero no te preocupes porque seguro que la sirena volverá a visitarte en algún otro momento de la vida.
ResponderSuprimir¡si lo sabré yo!
es fantástico, luisa, de verdad, me encantan tus relatos, la forma de contarlo, todo, no me cuesta nada meterme en tus personajes.
enhorabuena!
biquiños,
Aldabra
Me encantaría enlazar tu relato en mi blog para dejarlo en el blog de Sirenas, ¿te parece bien?.. Volvére por aquí a leer tu respuesta.
Un realto genial. Este es de los buenísimos.
ResponderSuprimirMis felicitaciones.
Un abrazo.