De improviso, el
conductor del autobús en el que viajo da un frenazo, abre su puerta
y salta afuera, gritando: ¡paramos cinco minutos! Levanto los ojos
del libro. Tras un momento de desconcierto, los pasajeros se
incorporan e intentan salir todos a la vez aglomerándose en el
pasillo. Con cara de querer tomar un café, o ir al baño, o estirar
las piernas. Aún quedan horas de viaje, y esos minutos inesperados
son como un premio.
Arrancada de mi novela,
miro por mi ventanilla para intentar averiguar dónde estamos. Es una
pequeña plaza vacía. Entre los que han descendido del autobús,
algunos encienden un cigarrillo con ansia. Otros miran a su alrededor
desorientados, dan dos o tres pasos en busca de un bar, una tienda,
siquiera un puesto de periódicos. Pero en medio de muros
desconchados, puertas y ventanas cerradas, sólo hay un árbol grande
y seco. Es lo más parecido a un lugar abandonado que he visto nunca.
Dentro del autobús, un
hombre grueso profundamente dormido y yo, sin saber qué hacer.
Desconozco el punto de la ruta en el que nos encontramos, he estado
absorta en la lectura desde que el autobús arrancó. Miro hacia
afuera de nuevo. No parece un pueblo grande, ni siquiera parece un
pueblo. Es una plazoleta en medio de la nada. Sin vestigio alguno de
vida. Observo que mis compañeros de viaje se han agrupado de tres en
tres, de cuatro en cuatro. Hablan juntando sus cabezas y lanzan
miradas de reojo. Los dos únicos niños del autobús corretean
jugando al escondite. Su madre los llama, abre su bolso y saca dos
donuts de chocolate. Los niños se sientan en un bordillo y mastican
con aplicación, intercambiando sonrisas entre bocado y bocado.
Me pregunto, por qué no
bajas, fúmate un cigarro, pasea un poco. Tres filas más atrás, el
viajero dormido con la boca entreabierta y la cabeza torcida no hace
un solo ruido. Parece muerto. ¿Por qué quedarme aquí con él?
Llego hasta la salida, pero no puedo abrir la puerta. A través del
cristal descubro la plaza de repente desierta. Quieta y silenciosa.
No hay nadie en ella, ni siquiera los niños sentados en el bordillo.
Me abalanzo a la última fila de asientos, y escudriño por la
ventanilla trasera. Ahí los encontraré a todos, habrán descubierto
el bar ahí detrás, o una tienda de ultramarinos que empieza a
encender las luces.
Pero tras el autobús
solo se atisba un espacio azul grisáceo. Neblinoso, inmenso. Lo
conozco, identifico este paisaje. Es el que invade muchas de mis
noches. Vuelvo sin aliento a mi butaca. En mi ventanilla todo será
como antes. Tras mi cristal los niños correrán de nuevo. El
conductor aparecerá por una esquina. Todos subirán a sus asientos y
reanudaremos el viaje.
Llego justo a tiempo de
contemplar cómo un autobús frena y se para enfrente. Cómo se abre
la puerta del conductor, y un hombre gris salta a la plaza gritando
¡paramos cinco minutos!.

Muy bueno.
ResponderSuprimirTu descripción de ese paraje desolador me ha gustado mucho.
Sueño o realidad... que más da?
Besos.
Efectivamente, Toro, tanto puede ser sueño como realidad. Besos
SuprimirEs muy bueno y me he sentido en medio de esa plaza observando el viejo árbol embargada por la tristeza.
ResponderSuprimirGenial, Luisa.
Un beso
ay, luisa, que me has dejado muerta... y no sé qué me da a mi que ese paisaje desolador forma parte del último viaje...
ResponderSuprimir¡que bien lo has contado! ¡que miedo da este relato!
yo no quiero montar en ese bus, lo tengo muy clarito, ya te lo digo.
biquiños,
y gracias por mostrarnos tu cara, encantada de conocerte.
Sí, Aldabra, una de las interpretaciones puede ser la de un último viaje. No te preocupes, que nosotras no montaremos en ese bus, lo tengo controlado ;-)
SuprimirBesos.
Hay una fase del sueño en la que la "fantasía" que bulle en nuestro cerebro se percibe como realidad. A veces incluso sentimos como nuestro cuerpo no responde al movimiento, como si estuviésemos bajo los efectos de un potente narcótico o de una anestesia total.
ResponderSuprimirEl despertar puede ser traumático... O simplemente una liberación...
Muy bueno. Me recuerda esa sensación que se siente cuando se echa una cabezada en el sofá a la hora de la siesta!
Besos.
Lo que hay que hacer es bajar la primera ;)
ResponderSuprimirBesicos