martes, 21 de febrero de 2012

CINCO MINUTOS NO PROGRAMADOS




De improviso, el conductor del autobús en el que viajo da un frenazo, abre su puerta y salta afuera, gritando: ¡paramos cinco minutos! Levanto los ojos del libro. Tras un momento de desconcierto, los pasajeros se incorporan e intentan salir todos a la vez aglomerándose en el pasillo. Con cara de querer tomar un café, o ir al baño, o estirar las piernas. Aún quedan horas de viaje, y esos minutos inesperados son como un premio.
Arrancada de mi novela, miro por mi ventanilla para intentar averiguar dónde estamos. Es una pequeña plaza vacía. Entre los que han descendido del autobús, algunos encienden un cigarrillo con ansia. Otros miran a su alrededor desorientados, dan dos o tres pasos en busca de un bar, una tienda, siquiera un puesto de periódicos. Pero en medio de muros desconchados, puertas y ventanas cerradas, sólo hay un árbol grande y seco. Es lo más parecido a un lugar abandonado que he visto nunca.
Dentro del autobús, un hombre grueso profundamente dormido y yo, sin saber qué hacer. Desconozco el punto de la ruta en el que nos encontramos, he estado absorta en la lectura desde que el autobús arrancó. Miro hacia afuera de nuevo. No parece un pueblo grande, ni siquiera parece un pueblo. Es una plazoleta en medio de la nada. Sin vestigio alguno de vida. Observo que mis compañeros de viaje se han agrupado de tres en tres, de cuatro en cuatro. Hablan juntando sus cabezas y lanzan miradas de reojo. Los dos únicos niños del autobús corretean jugando al escondite. Su madre los llama, abre su bolso y saca dos donuts de chocolate. Los niños se sientan en un bordillo y mastican con aplicación, intercambiando sonrisas entre bocado y bocado.
Me pregunto, por qué no bajas, fúmate un cigarro, pasea un poco. Tres filas más atrás, el viajero dormido con la boca entreabierta y la cabeza torcida no hace un solo ruido. Parece muerto. ¿Por qué quedarme aquí con él? Llego hasta la salida, pero no puedo abrir la puerta. A través del cristal descubro la plaza de repente desierta. Quieta y silenciosa. No hay nadie en ella, ni siquiera los niños sentados en el bordillo. Me abalanzo a la última fila de asientos, y escudriño por la ventanilla trasera. Ahí los encontraré a todos, habrán descubierto el bar ahí detrás, o una tienda de ultramarinos que empieza a encender las luces.
Pero tras el autobús solo se atisba un espacio azul grisáceo. Neblinoso, inmenso. Lo conozco, identifico este paisaje. Es el que invade muchas de mis noches. Vuelvo sin aliento a mi butaca. En mi ventanilla todo será como antes. Tras mi cristal los niños correrán de nuevo. El conductor aparecerá por una esquina. Todos subirán a sus asientos y reanudaremos el viaje.
Llego justo a tiempo de contemplar cómo un autobús frena y se para enfrente. Cómo se abre la puerta del conductor, y un hombre gris salta a la plaza gritando ¡paramos cinco minutos!.


7 comentarios:

  1. Muy bueno.
    Tu descripción de ese paraje desolador me ha gustado mucho.
    Sueño o realidad... que más da?

    Besos.

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    1. Efectivamente, Toro, tanto puede ser sueño como realidad. Besos

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  2. Es muy bueno y me he sentido en medio de esa plaza observando el viejo árbol embargada por la tristeza.
    Genial, Luisa.

    Un beso

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  3. ay, luisa, que me has dejado muerta... y no sé qué me da a mi que ese paisaje desolador forma parte del último viaje...

    ¡que bien lo has contado! ¡que miedo da este relato!

    yo no quiero montar en ese bus, lo tengo muy clarito, ya te lo digo.

    biquiños,

    y gracias por mostrarnos tu cara, encantada de conocerte.

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    1. Sí, Aldabra, una de las interpretaciones puede ser la de un último viaje. No te preocupes, que nosotras no montaremos en ese bus, lo tengo controlado ;-)
      Besos.

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  4. Hay una fase del sueño en la que la "fantasía" que bulle en nuestro cerebro se percibe como realidad. A veces incluso sentimos como nuestro cuerpo no responde al movimiento, como si estuviésemos bajo los efectos de un potente narcótico o de una anestesia total.
    El despertar puede ser traumático... O simplemente una liberación...

    Muy bueno. Me recuerda esa sensación que se siente cuando se echa una cabezada en el sofá a la hora de la siesta!

    Besos.

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  5. Lo que hay que hacer es bajar la primera ;)

    Besicos

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