Elisa
en el supermercado
Vaya
nochecita de pesadillas con mi amiga Brenda. Por lo de ayer, que la
vi besándose con uno en la Gran Vía. Tuve que pasar dos veces ante
la cristalera del bar. No me lo podía creer. Porque con Eduardo hace
una pareja estupenda. A lo mejor el del beso es pariente suyo...
Parecía extranjero también. Los extranjeros son muy raros. Pero
Brenda ya casi es española. Y casada. Ay, madre. Menos mal que no me
vieron. A ver, el detergente de pastillas, el verde. No haberme
comentado nada, con lo amigas que somos. ¿Se le habrá ido la
cabeza? Dicen que le puede pasar a cualquiera. Después de comer la
llamo. A ver qué cuenta. Aún cabe la remota posibilidad de que me
haya confundido. Hay personas casi exactas... Me acabo de equivocar otra
vez con el detergente.
Tom
en la oficina
Tengo
que estudiar la documentación nueva. Y no me quito de la cabeza a
Brenda. Lo de quedar ayer en un bar fue un error. Menos mal que no se
ha enterado la Oficina. Pero, dos años sin verla. Cada vez la
extraño más.
Cuando la conocí en Londres, tenía otro nombre. Rubia, lista y tranquila.
Vivía en un apartamento diminuto, junto a aquél lleno de
estudiantes árabes que iban y venían. Por eso, tras el atentado del
metro, la policía la incorporó a un programa de protección de
testigos. Con nueva identidad y trabajo en España, donde un tal
Eduardo accedió a hacerse pasar por su marido. Pero tú y yo nos
queríamos, Brenda. Fuimos incapaces de decirnos adiós. Tantos años
viéndonos en secreto... Que distinto podría haber sido.
Elisa
en casa
La
mesa, recogida y el lavavajillas, puesto. Llevo veinte vueltas al
salón. Este, roncando en el sofá. No me atrevo a llamar a Brenda.
Es como meterme en su vida privada. Igual todo son figuraciones mías.
Cómo de malo puede ser darle un beso a alguien. Yo misma… Quita,
quita. Ahora éste abre un ojo, mira el reloj y da un brinco. Al
momento sale del baño con el pelo planchado y ojos abotargados. Roza
mi nariz con un dedo y desaparece. Ya estoy sola. Brenda también
estará sola. Vale, ahora sí que la llamo.
Brenda
y Elisa
—Hello,
guapa, qué tal
—Bien…
Brenda, ¿qué me cuentas?
—Pues,
nada de particular
—Brenda…
que…
—¿Pasa
algo, guapa?
—Bueno,
pues… que ayer te vi.
Silencio
—Brenda,
que te vi. Que eras tú, en el “Habana” de la Gran Vía
—En
la… estabas tú ayer en la Gran Vía
Elisa
se envalentona
—Pues
claro, hombre, como si no pudiera estar. Iba al Corte a por los
chandals —Explota:—Vamos, que te vi con ese tío. Ya está. Y lo
besabas.
Otro
silencio, más prolongado.
—Sí,
guapa, era yo. Con un amigo, gran amigo. Y no hacíamos nada malo
—¡Si
te parece poco besarte con un tío mientras Eduardo trabaja!
—Elisa,
dejemos el tema, que no es para teléfono. Lamento que hayas visto
algo que no te gusta, pero a veces tras lo que se ve hay
—¡Vale,
vale, pues eso quiero, que me digas lo que hay! Yo siempre te lo he
contado todo
Brenda
sonríe.
—Nuestra
amistad no tiene nada que ver con esto. Al menos no por mi parte. Ya
hablaremos, Elisa
—Bueno…
¿de veras? Pues vale, nada, no te preocupes. No, si yo no
—Venga,
el sábado quedamos a desayunar. Bye, guapa.
Brenda
en casa
Así
que Elisa estaba ahí, justo en ese momento. Es como una señal. Una
señal de que tengo que terminar con Tom. O con Eduardo. No, con
Eduardo no. Nos llevamos muy bien. Y me quiere. ¿Cuántas veces he
visto en todo este tiempo a Tom? Qué tipo de vida tendríamos... Me
paso las manos por la cara, como limpiando recuerdos. Al cerrar la
galería ya he tomado una decisión. Tom ahora estará volando rumbo
a cualquier lugar y yo no puedo saber cuando volveremos a
vernos. Le diré a Eduardo que me voy con él a donde le trasladen.
Empezaremos juntos de nuevo en otro lugar.
Eduardo
en el Retiro
Aparco
por aquí y caminaré un rato para aclararme la cabeza. Si cuando
acepté el trabajo de los ingleses hubiera sabido todo lo que iba a
significar. Pero la vida nunca avisa. En aquellos tiempos yo quería
un cambio radical. Jugar a los matrimonios con la rubia me pareció
lo bastante distinto. Y aquí seguimos los dos. Bueno, los tres. Cómo
habré podido permitir que las cosas lleguen hasta este extremo. Pues
porque Brenda ya es mi otra mitad. Jamás me había compenetrado
tanto con una mujer. Pero el tema de Tom... Aceptaré la oferta de
Sudamérica. Otro punto y aparte en mi vida, y vía libre para Brenda
y Tom. Las mujeres no son mi punto fuerte. Qué se le va a hacer.
Tom
en el aeropuerto
Ahora
es el momento de echar un vistazo al dossier, mientras espero el
avión que me llevará a mi nuevo destino. Cigarrillo, sorbo de
whisky. Veamos. Mozambique, reza el membrete de los papeles.
Ayer
no nos despedimos, Brenda. Tú odias despedirte. Como siempre, no me
preguntaste nada. Ni yo hubiera podido decirte nada. Oye, y si doy
media vuelta. Y si no subo al avión. Y si saco dos billetes para
Australia y mando al chófer a por ti.
genial, he disfrutado tu entrada mucho. Mucha "chispa" tiene tu relato y te atrapa desde las primerras palabras. Estupendo.
ResponderSuprimirUn beso
Gracias Milu. Me alegro, esa era la intención
SuprimirMe gustan estas historias cruzadas.
ResponderSuprimirEs como si los viera.
Eso quería yo, que se vieran. Gracias.
SuprimirHay tantos trazos de cotidianeidad en este relato que no sé por cuál decidirme! Todo y nada. Todo o nada. Al mismo tiempo...
ResponderSuprimirMe corona leer tus historias. Y aprendo. Gracias.
Un beso.
Concha, me encanta relatar la vida cotidiana, me parece llena de sugerencias. Ya te dije que yo también aprendo mucho de tí. Gracias.
SuprimirSiempre me recordó a short cuts... solo que con un poco de James Bond jajajaj
ResponderSuprimirBesicos
Pues me halaga vd, oiga ;-). Besos
Suprimirme ha encantado! y el anterior/siguiente (los estoy leyendo hacia atrás) también! besossss, escritora. Anna
ResponderSuprimir